Ayer se murió alguien que yo admiraba y quería muchísimo. Iba a quedarme callada para no transmitirles tristeza, pero como no puedo estar allá, y abrazar a la Guille y su familia, quiero hacerle un pequeño homenaje desde este lugar tan chiquito.
Mi admiración viene de su decisión, a veces tan costosa, de quedarse en Argentina y dedicar su vida a investigar la lactancia materna. Esa decisión le trajo épocas de salarios bajos, sacrificios familiares, reconocimientos que nunca llegaron, obstáculos increíbles y luchas contra molinos de viento en el Conicet. Pero gracias a ella, la Argentina es uno de los países precursores en el tema de la lactancia, y se ha vuelto su arma más importante en la lucha contra la desnutrición infantil.
Mi cariño viene de sus chistes, de su cariño de padre adoptivo en varios veranos pasados en su casa, de su mirada optimista, honesta y de sus consejos cuando me daba por vencida.
La última vez que lo vi, en el cumpleaños de su nieto, la Guille me dice, no te preocupes si no te reconoce. Yo me acerco triste a saludarlo y me dice: “Pero si vos no sos la Malen, me están mintiendo! La Malen era flaquita, flaquita”. Tenía razón, y yo me reí tanto, tanto, con mi bombo y veinte kilos encima.
Gracias, Ricardo, y mis besos desde acá para tu paraíso bien merecido.